Al igual que le Renacimiento, el Romanticismo sobrepasa la consideración limitada de corriente literaria para constituirse como una forma diferente de contemplar el mundo, una cosmovisión donde la literatura se llena de vida. Frente a la hipertrofia crítica de los ilustrados y opuestos a sus ansias educativas, los románticos abogan por el genio individual y el predominio del sentimiento (amoroso, patriótico). Su prosa tiene dos facetas importantes. Una eminentemente crítica, realizada a través del costumbrismo pero ampliable a todo el desarrollo de la prensa y de los artículos periodísticos.

Más valiosa es la imaginativa de la novela histórica. Iniciada como reacción al moralismo racionalista neoclásico, la importancia de Walter Scott (1771-1832) y su forma de novelar la convertirá en una conciliación social que influirá sobre los autores de la Escuela Montañesa.

Dentro de esta nueva corriente literaria, uno de los iniciadores y quien dio conocer a España en Inglaterra fue Telesforo de Trueba. Aunque ensayó todos los géneros, su más destacada aportación la realizó en prosa, tanto en el costumbrismo (que también llevó a las tablas) como en la novelística. A su labor pueden sumarse otros autores que, menos importantes, completan con sus obras un panorama de las diferentes variantes que animaron y el espíritu individualista y las creaciones de los románticos: la poesía de Velarde, los relatos de viajes de La Serna.

La escasez de románticos revolucionarios puede atribuirse a la tardanza con que los movimientos literarios llegan a la región, debido a su apartamento geográfico y a la falta de una pujanza económica. Cuando ambas cortapisas disminuyan, el florecimiento literario será evidente.

Asimismo, será fundamental el papel que cumple la llegada de la imprenta a la capital montañesa a comienzos de siglo. Con ella se posibilita la edición de libros y se facilita el nacimiento de nuevos escritores.

Además da origen al destacado papel que la prensa jugó a lo largo de todo el siglo XIX para la literatura. En los diferentes periódicos de Santander, los escritores encontraron un medio adecuado para darse a conocer. Así, en el desenvolvimiento del romanticismo fueron decisivos El Buzón de la Botica (1844) y El Despertador Montañés (1848). Para los autores del realismo cabe destacar La Abeja Montañesa (1856) y El Tío Cayetano (1858), en los que colaboró, como figura destacada, Pereda. El Espíritu del Siglo (1852) influyó sobre el pensamiento de Menéndez Pelayo; su hermano Enrique colaboró en Santander Crema (1883); El Atlántico (1886) conoció los primeros escritos de Concha Espina. Posteriormente, La Atalaya (1893), El Cantábrico (1895) con Fernando Segura Hoyos a la cabeza, y El Diario Montañés (1902) dieron cabida en sus páginas a todos los escritores del momento, destacando como anécdota que es este último fue donde Gerardo Diego publicó su primer escrito, un cuento.

Indudablemente, tal importancia no fue idéntica para todos los géneros. Mientras del teatro se reseñaban los estrenos, de la prosa se publicaban artículos de costumbres, ensayos, etc. Sin duda el género más favorecido por la prensa fue la poesía, ya que se incluía con generosidad, dada la menor extensión y mayor unidad del poema, y favorecía la aparición de poetas cara al público, más difícil y costosa.

La labor de la prensa también fue importante en el siglo siguiente, pero ya cedió terreno ante la aparición de las revistas específicamente literarias