
Giovanni Gabrieli, discípulo de su tío Andrea, fue verdaderamente un músico de espíritu nuevo. El sonido, lo mismo vocal que instrumental, se vuelve a crear, en su concepción armónica, caracterizada por una vitalidad palpitante, y además, se mantiene en una esfera completamente musical y sonora. Como orquestador, sus sonidos construyen todo un espectáculo de colores. Es exuberante incluso en la plegaria. Los coros de este músico parecen lanzarse a la conquista del espacio, en una tensión propia de la fantasía romántica y alimentada por el ardor de los sentidos. Dos, tres, cuatro coros, voces, instrumentos asociados; no hay recurso que se le escape en el entusiasmo de la imaginación. Aunque tuvo predilección por las grandiosas arquitecturas y el vigor sonoro, su mérito principal estriba en haber concebido el sonido como color, en una composición armónica luminosa y viva.
Portada de una de las obras de GabrieliTras Andrea Gabrieli, que había compuesto canciones para "sonar" o tañer a ocho instrumentos, Giovanni también empezó a componer para un número igual de instrumentos, más después aumentó su número y los asoció formando varios grupos, los cuales daban la sensación de una armonía robusta y llena, pues los sostenía la sonoridad de los órganos. Las Capilla de San Marcos poseía varios órganos y es indudable que estaban destinados a tal ambiente las composiciones de semejante género y proporción.
La última canción de las Sacrae Symphoniae puede considerarse como la obra maestra de Giovanni Gabrieli.
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