
penas se conocen datos de la vida musical profana de
Santander con anterioridad al primer tercio del siglo pasado. Sin embargo, sí se tiene
constancia de algunas representaciones teatrales en las que indudablemente la música
estaría presente; por ejemplo, la celebración de las fiestas con motivo de la
proclamación del rey Carlos IV culminaron con varias representaciones teatrales.Los músicos debían prestar en exclusiva sus servicios al cabildo, además la Iglesia era enormemente recia a este tipo de espectáculos. Esta advertencia nos hace pensar que debía ser una práctica habitual que estos instrumentistas participaran en las funciones teatrales de las compañías itinerantes. Existían demasiadas reticencias por parte de algunas autoridades, en particular las eclesiásticas, para que este tipo de agrupaciones actuaran en la ciudad. Las autoridades frustraron las esperanzas de muchos santanderinos que querían asistir a estos espectáculos públicos. A pesar del crecimiento demográfico que había sufrido la ciudad, no existía aún un local adecuado para las representaciones teatrales. La visita de una compañía de teatro que dirigía un tal Francisco Alonso en 1802 desató una serie de incidentes entre las autoridades municipales y el obispo de la diócesis, Tomás Menéndez de Luarca. A pesar de que la Real Instrucción del Consejo Superior de Castilla regulaba y favorecía la actuación de las compañías de teatro itinerantes, el obispo se oponía rotundamente a la concesión de tal autorización en beneficio de la moral pública y las buenas costumbres. Las recomendaciones del obispo impidieron las representaciones de la compañía de Francisco Alonso, sin embargo cinco años después reaparecieron en Santander reabriéndose la polémica. Hasta después de la Guerra de la Independencia los habitantes de Santander no tuvieron la oportunidad de asistir a representaciones de comedias. La demanda de diversión por parte de los soldados ingleses que aún permanecían en la ciudad tras participar en la guerra contra los franceses, hizo que se improvisara un teatrillo en un almacén que el conde de Isla poseía en la calle de Atarazanas. Cuando partió la escuadra británica el teatrillo fue cerrado. De nuevo el obispo Menéndez de Luarca estaba tras esta decisión. Durante el primer cuarto del siglo XIX se produjeron numerosas tensiones entre los furibundos detractores, con el obispo de Santander a la cabeza, y buena parte de la burguesía progresista con una mentalidad más abierta y proclive a la creación de un teatro estable. En 1820 se autorizó la actuación de una compañía dirigida por José Guerra, establecido en Bilbao; sin embargo se puso como condición un donativo por función a beneficio de los pobres acogidos a la Caridad, normativa que se mantendría en lo sucesivo. Por las mismas fechas se reabrió el teatrillo del almacén propiedad del conde de Isla y se dieron unas condiciones favorables para las representaciones teatrales regulares. El ayuntamiento era el encargado de la vigilancia y la censura. En 1825 un incidente durante la representación de una compañía procedente de Oviedo y dirigida por un tal Pascual Boix, motivó la suspensión de las actuaciones en el teatrillo. Una Real Orden Especial prohibió las representaciones teatrales, aunque permitiría las mismas cuando se construyera un teatro apropiado. A pesar de las prohibiciones periódicas nos visitaron varias compañías durante la tercera década del siglo pasado. La condesa de Isla alquiló al representante de una compañía de comedias en 1834, un almacén situado en el número 18 de la calle del Arcillero para ser destinado como "corral de teatro o comedias". Una de las cláusulas del contrato especificaba que la condesa de Isla y su apoderado tenían derecho a varias localidades, sin que por ellas tuvieran que abonar precio alguno "en todas cuantas funciones y diversiones se ejecutaban en aquel local de cualquiera clase o condición que sean bien de día o de noche". La música estaba presente en las actuacion es de estas compañías que actuaron en Santander durante el primer tercio del siglo. Desde la segunda mitad del XVIII los entremeses y sainetes, que se habían puesto de moda en los teatros madrileños se colocaban en los entreactos de los dramas; la tonadilla, que servía de remate al sainete, se desprendió e independizó, y llegó a cantarse sola como un pequeño canto dramatizado o escénico, con uno, dos o hasta cinco personajes. Las comedias y los dramas estaban divididos en los tres actos clásicos; en el primer intermedio se solía interpretar una tonadilla y en el segundo un sainete, a veces con otra tonadilla. Este tipo de obras menores, en las que la música y el baile eran parte esencial, se extendieron desde los coliseos madrileños hacia todos los puntos de España. El teatro musical en Santander llegó cuando el género de la tonadilla estaba prácticamente llegando a su fin. A principios del siglo XIX comenzó a decaer en los teatros madrileños, aunque resurgió, de forma diferente, décadas más tarde con el "género chico". |
![]()
B I B L I O G R A F Í A
"LA MÚSICA EN CANTABRIA", de Julio C. Arce
Bueno
Fundación Marcelino Botín, 1994