l teatro Principal se inauguró el día 6 de mayo de 1838. La compañía de Ramón Fontanellas fue la encargada del espectáculo. La Junta Directiva se apresuró a dotar al local de una buena compañía para la temporada inaugural.
En el acta del día 13 de julio de 1838, D. Ramón Fontanellas presentó una solicitud para alquilar el teatro en nombre de su compañía de ópera y verso, ya que se había rechazado en la jornada inaugural. En las cláusulas del contrato firmado con Fontanellas se especifica que la temporada comenzará a primeros de noviembre y finalizará el tercer día de carnaval; las representaciones de ópera y verso serán, por lo menos, cuatro semanales, procurando alternar y amenizar la diversión.
Santander no contó con compañías propias de ópera. Desde la puesta en funcionamiento del teatro Principal las compañías eran contratadas por la Junta Directiva una vez estudiadas las ofertas presentadas. Sin embargo, el incumplimiento de los contratos iba a ser frecuente. En muchas ocasiones las compañías no podían hacer frente a las obligaciones adquiridas. En 1850 se contrató una compañía para ofrecer 30 representaciones de ópera, sin embargo sólo ofreció 17 debido a que el empresario no pagaba a los actores.
Otro de los problemas fue la irregularidad de las temporadas motivado por la dificultad para contratar buenas compañías. En 1851, Santander se quedó sin ópera por la incapacidad de los regidores del teatro para contratar una.
La penuria económica de las compañías incidía directamente en la calidad de las representaciones. Toda esta problemática generaba el desencanto del público que tras la euforia del comienzo de la temporada dejaba de asistir al teatro. La temporada operística de 1849 fue paradigmática en este sentido, la calidad de las representaciones fue espantosa y la concurrencia reducidísima; ante esta situación "varias familias bien acomodadas de la capital" abrieron una suscripción para contratar una buena compañía de ópera en la temporada siguiente.
Como todo buen teatro, la Junta Directiva se preocupó de dotar al escenario de unas buenas decoraciones. Las primeras, que forzosamente debía tener un coliseo, fueron catorce y las pintó el escenógrafo Anselmo Alfonso.
Los motivos de estas decoraciones son indicativos de los gustos del teatro y la ópera del momento, mostrándonos las localizaciones habituales de los dramas decimonónicos y del género lírico.
Las producciones operísticas del teatro santanderino dejaban mucho que desear. La escasez de recursos económicos de las compañías así como el gran número de funciones que estaban obligadas a dar, fueron las causas principales de la mala calidad de la escenografía. Tampoco había un peso de la tradición que exigiera un alto nivel a las modestas compañías que acudían al Principal. Los cantantes tampoco eran primeras figuras, pero el público tampoco les exigía demasiado, siempre que no cometieran desmanes.
Las críticas de los diarios locales eran todo lo benévolas posibles, tratando de animar al lector a asistir a las representaciones. En ocasiones, el empresario del teatro contrataba a un cantante de renombre para algún papel importante.
La ópera italiana era el género exclusivo que consumía la burguesía santanderina. El belcanto estaba de moda y las compañías ofrecían un repertorio estereotipado en el que los maestros italianos copaban todos los títulos. Las mismas óperas se repetían año tras año; pocas solían ser las novedades en cada temporada.
En cierto sentido, la ópera se convirtió en música popular y de consumo. Lejos del disfrute del burgués culto estaba el de aquel, más habitual, que gustaba de las melodías más populares o de los episodios instrumentales brillantes y los consumía alejados de su contexto.
Fuera del teatro, la ópera seguía siendo el género musical preponderante. Los conciertos que ofrecían algunas sociedades recreativas santanderinas, se basaban en arreglos y reducciones de partes operísticas para conjuntos de cámara; en las veladas privadas el repertorio era similar.
Los diarios locales desempeñaron un papel importante en la difusión de la ópera como espectáculo burgués. El primer periódico que ofreció críticas y comentarios operísticos fue "El Vigilante Cántabro". Las críticas eran, la mayor parte de las veces, superficiales, aunque en ocasiones aparecen algunas en las que se percibe un profundo conocimiento del género lírico por parte del autor.
La prensa favoreció también la difusión del género lírico a través de suplementos dominicales. A finales de 1850 "El Despertador Montañés" puso a la venta La Opera, un suplemento en el que aparecía una obra para canto y piano, o piano solo y el retrato del artista. Las piezas pertenecían a las óperas de moda y servían para amenizar las fiestas y reuniones particulares.
Una de las grandes deficiencias de las funciones de ópera en Santander fue la orquesta. Solía estar compuesta por pocos profesores y los que más escaseaban eran los componentes de la cuerda. En cierta ocasión, ante la falta de actores, el director de orquesta de una de las muchas compañías que pasó por Santander, subió al escenario a desempeñar un papel cómico; el crítico de El Despertador le instó a abandonar las tablas y dedicarse exclusivamente a las tareas del foso.
Una vez que las compañías llegaban a la ciudad y se anunciaban en los medios de prensa locales, se abría un sistema de abonos que era el utilizado por la mayor parte del público. El teatro se llenaba en los estrenos, días festivos, funciones extraordinarias, etc.; el resto de los días solía estar escaso de espectadores; es frecuente encontrar quejas y duras críticas en los periódicos hacia el público por su fa lta de concurrencia. Así, por ejemplo, en la temporada de 1848 estaban abonadas 251 personas, sin embargo acudían asiduamente un centenar, "¿se abonarán acaso por lujo?", se preguntaba el crítico de El Despertador Montañés.
Con la llegada de la década de los cincuenta, la zarzuela hizo su aparición en Santander con extraordinario éxito. La novedad y su mayor aproximación al gran público hicieron que el teatro se llenase al completo.


B I B L I O G R A F Í A

"LA MÚSICA EN CANTABRIA", de Julio C. Arce Bueno
Fundación Marcelino Botín, 1994