
La maduración de un artista se halla en relación directa con su voluntad de sufrimiento, sacrificio y rigor para con la propia obra. El pintor, todo artista, ha de mantener una implacable crítica con su producción. Debe intentar que ésta se someta continuamente a los avatares y consecuencias de una comprometida y metódica investigación, sin que ello provoque traumas irreparables en la misma. Por otra parte, la obra ha de ser suficientemente permeable como para no perder su singular idiosincrasia por causa de las obvias evoluciones del artista. La pintura, el arte todo, no debe en este sentido limitarse a estructuras estancas, sino que ha de ser reflejo de las sensaciones, motivaciones u obsesiones de quien lo engendra. En consecuencia, ha da ser mutable, adaptable a nuevas realidades y susceptible de permanente mutación.
Partiendo de estas premisas hemos de converger en la idea de que el pintor y la obra maduran en la medida en que, juntos, superen etapas de dificultad y de compromiso. El pintor es el ejecutor de la obra que, con él crece. El pintor hace al cuadro, pero, siguiendo a Lacan, es realmente la obra la que constituye al pintor. Este debe sumir todos los riesgos que indefectiblemente surgen en el arduo u cotidiano camino que lleva a la culminación de la obra. Por ende, cuando el artista no asume todos los riesgos, cae en las fauces de la siempre monótona e implacable apatía.
La pintura de Ricardo Cavada (Pontejos, Cantabria, 1954) ha estado siempre ligada a esos "deberes" que ha tenido que asumir todo lo que convencionalmente denominamos "obra de Arte", para llegar a ser tal. El rigor en el proceso creador, al que aludía anteriormente, ha sido una constante en el pintor desde los primeros años de su andadura artística, a mediados de la década de los setenta. A partir de este momento y hasta 1982 el pintor fortalece su oficio, que como el del agrimensor, exige conocimientos precisos y fundamentales para el ejercicio de medir y catar territorios (en el caso del pintor, los físicamente delimitados por el propio cuadro y lo que éste sugiere, más subjetivos y extensos).
Resulta difícil no caer en la vehemencia al hablar de la pintura de Cavada. Esta no ha surgido de los discursos de tertulias humeantes, tampoco de las turbulentas algarabía s de movimientos culturales de la calle. No fue consecuencia tampoco de las influencias magistrales de algún afamado artista. Cavada ha tenido claro desde un principio que la obra no surge sino de la soledad y del sacrificio cotidiano del estudio, en el cual no sirven de nada las alabanzas ni los consejos. Allí es donde el pintor ha de lograr que unos colores y un trozo de lienzo o de papel, tengan la capacidad de conmover a quien luego los contemple. Sólo el rigor para con su obra y una autocrítica exigente han hecho posible que hoy la pintura de Cavada tenga mucho que decir y mucho por qué conmover.
Ricardo Cavada ha guardado siempre fidelidad a una serie de conceptos que, en su última obra, se manifiestan totalmente serenos y compensados. Ideas, oficio y determinadas formas y figuras han evolucionado continuamente desde comienzos de lo ochenta para presentarse ahora en su más armoniosa plenitud.
Su afirmación es consecuencia de la fidelidad de sus constantes. Aunque la pintura de Cavada haya evolucionado considerablemente en los últimos diez años, ha sabido permanecer fiel a sus consideraciones conceptuales y formales más genuinas que han aflorado continuamente, unas veces con mayor intensidad, otras simplemente a nivel de sutiles guiños.
La obra de Cavada está realizada con un pulcritud sorprendente. La "cocina" a la que aludía Pancho Cossío ha sido uno de los pilares fundamentales en la consolidación de la obra. El pintor juega continuamente a complicar las fórmulas materiales del cuadro. En la mayoría de los casos las veladuras sugieren infinitos mundos ocultos en los que el pintor ha bañado sus lucubraciones plásticas. No existe cuadro que no esté pintado mil veces, cubierto otras tantas. Cada cuadro es consecuencia de la simbiosis de la multitud de cuadros que contiene en su interior y también consecuencia de cuantos lo han precedido. En este sentido la pintura de Cavada no es fruto de la casualidad, sino una meta a la que se llega tras incontables horas de investigación y diálogo entre la obra y el pintor.
Entre las claves que han acompañado siempre la producción del pintor ha ocupado un lugar preferente la línea recta, entendiéndola no como disculpa temática, sino como un reto conceptual, formal y de composición. La recta nunca ha facilitado las cosas al pintor. Ha sido un elemento distorsionador del equilibrio del cuadro. Por consiguiente, la búsqueda de la armonía en el desequilibrio ha sido y es un objetivo fundamental en su obra. Es fácil hallar armonía en el equilibrio, pero no lo es tanto encontrarla en los espacios donde el ritmo se quebranta. Moverse en estos territorios, medirlos, dominarlos hasta hacer que sean transmisores de una idea personal es el origen de muchas de las obsesiones del pintor.
La recta enfrenta concepciones espaciales y estéticas, rompe con las premisas de armonía y placidez, crea ambientes de tensa quietud. Ella es el revulsivo para conmover al espectador y para hacer posible que el artista no abandone el doloroso trabajo de pintar. Los opuestos no facilitan esta tarea: los negros junto con los blancos, las curvas junto a las rectas. El círculo vicioso de los opuestos permanece.
La figura ha sufrido también una evolución paralela a la del resto de componentes de la pintura de Cavada. Primero tuvo un interés social y expresionista; después evolucionó hacia posiciones más íntimas, con un valor recordatorio y autobiográfico de la infancia del artista. Ahora la figura sólo se ha de entender como resultado de la unión de líneas. No existe una intencionalidad filosófica tras ella, sino que surge del propio desarrollo del cuadro. Son por tanto exigencias formales y compositivas las que la hacen posibles y las que provocan su aparición. En la última producción del pintor, la figura tiene una apariencia sutil; no transmite en sí ninguna historia, pero es ella la que confiere personalidad y singularidad al cuadro.
Desde finales de 1989 han ido surgiendo en la escena del cuadro nuevos elementos formales sin grandes precedentes en la obra de Cavada. Los juegos simétricos, las formas quebradas, las aristas y retazos de esferas robados a una luna descuidada han aumentado el discurso poético y comunicativo del pintor. Estos nuevos elementos, junto a atmósferas siempre sugerentes y visualmente atrayentes, confieren al cuadro una apariencia externa realmente conmovedora. El cuadro no es ya un objeto para deleitar la vista, sino que sirve para provocar al espectador, siempre que entre ambos se establezca una comunicación idónea y permeable.
El ahorro en el uso del color será una última característica destacable del pintor. Sin embargo él sabe conjugarlo y combinarlo hasta lograr infinitas gamas de tonos y degradaciones que transforman lo escueto en opulencia.
La aptitud creativa de un pintor se mide, en cierta manera, por su capacidad para resolver problemas con singularidad. Cuando el artista es también capaz de sugerir nuevas interpretaciones e interrogantes tanto a sí mismo como al interlocutor - mirador del cuadro, cuando es capaz de turbar, nos hallamos ya ante un descubrimiento. El arte es, en este sentido, un reto. Un reto que Ricardo Cavada siempre hace plausible y al cual se enfrenta, pese a la dificultad que ello conlleva, con una naturalidad admirable.