El estudio está situado en el segundo piso de una casa amplia, antigua, deshabitada. Después de atravesar los corredores llenos de lienzos, bastidores, pinturas, materiales diversos, después de pasar por varias estancias en las que la luz gris norteña se filtra por los ventanales iluminando la salvaje profusión de manchas de pintura y los más diversos rimeros, se llega a una habitación en la que se dan cita los objetos más curiosos, recuerdos de familia, libros, cromos, seres absurdos encontrados en la basura o cargados de recuerdos. Sobre la mesa de dibujo, una fotografía de gran formato, en blanco y negro, que recoge una vista panorámica de Astillero: ahí es donde empieza esta historia. Ricardo Cavada ha decidido emprender un viaje solitario a través de los grises de esa fotografía. Un viaje del que podemos saber dónde ha comenzado, pero del que es muy difícil precisar su término: sigue un itinerario imprevisible, abierto, como no puede por menos de ocurrir en cualquier viaje que se precie.

 

La gama que se extiende entre el grupo de los blancos y los negros, que nunca pueden considerarse absolutos, componen un universo limitado, voluntariamente restringido y restrictivo, en el que una ascética del silencio desarrolla sus juegos monócromos. La materia ha quedado reducida a una superficie escueta. Los trazos intencionales revelan su estructura enfrentada a la acción caprichosa del agua que los ha corroído, poniéndolos en evidencia, sobre un campo ortogonal, de intención geométrica. Hay una relación estructural entre las líneas reveladas del interior del brochazo y las formas geométricas que componen todo el lienzo, una resonancia que, como el eco del sonar, se propaga en la quietud sombría de las profundidades. Cada huella oscila entre las querencias de lo denso y de lo acuático, entre dos polos de atracción, dos vocaciones de cuyo enfrentamiento nace la obra.

 

Los colores intensos son el vehículo que sirve para expresar la pasión, los sentimientos. El blanco y negro es el medio en el que se cultiva la nostalgia. Al igual que la lejanía tiñe y uniforma los colores que se alejan hacia el horizonte, el recuerdo interpone sus brumas, su niebla decolorante, acromática. ¿Por qué si el mundo infantil está teñido de tan fuertes colores lo recordamos esencialmente a través de un filtro que nos lo restituye en blanco y negro?. La pregunta está mal planteada. Tal vez deberíamos decir: ¿por qué es preciso llenar de colorido el mundo infantil si sabemos que esa intensidad cromática va a ser diluida por los mecanismos que hacen posible la restitución, el placer de la evocación?. Los conceptos necesarios para anclar el recuerdo también pertenecen al territorio del blanco y negro.

 

Lo empinado, lo agreste que es el camino de regreso, obliga a desprenderse de lo accesorio, de aquello que no sea estrictamente necesario. La obra se abre camino con el mínimo bagaje instrumental. Pero es preciso advertir de los peligros del reduccionismo, de la incertidumbre de la contención expresiva. La búsqueda radical y ascética del silencio se ha convertido, antes que en una forma de catarsis, en un sello autentificador de calidad vanguardista. Es un peligro recurrente, conocido. Cualquier avance en terreno desconocido, cualquier aspecto de las formas de expresión icónica, cuando se convierte en signo, cuando hinca sus códigos duros en el contexto de un mensaje desestructurado, pierde las cualidades que lo facultaban para la empresa de exploración que tenía encomendada.

 

Las armas adecuadas para sortear estos peligros son la hondura y la verdad. La geometría no tiene color. El blanco y el negro no está capacitado para sustentar los sentimientos, sólo aporta la nostalgia de la verdad y los conceptos que posibilitan el recuerdo. Por todo ello sabemos que estamos ante una pintura apasionadamente fría, conceptual, con un gran soporte profundo, discursivo. La pasión con que Ricardo Cavada habla de su obra, el interés con que pone en claro los límites de lo expresable, demuestra la hondura de los planteamientos que recorren toda la obra. La sinceridad es la prueba de su calidad, de su entrega y de su generosidad.